Parece mentiras, uno puede llegar a los 40 años y darse cuentas que no pasó nada, que no ha hecho mucho, que el pescado sigue sin vender y que ya hace tiempo que huele a podrido, y lo peor es que uno se empieza a acostumbrar al olor a podrido y al poco tiempo deja de sentirlo. Es como vivir con un cadaver dentro de casa y no darse cuentas. O uno se da cuentas pero lo falta ese yensecuá o sentido común para hacer algo al respecto.

Por suerte de borrego nunca tuve grandes aspiraciones, y si las tuve me las arreglé para olvidarlas o reacomodar las prioridades y ambiciones. Cuando un pasa los 22 años y se da cuenta que nunca será un futbolista o tenista reconocido, ya que nunca jugó ni al fútbol ni al tenis, esos sueños se disuelven. El tiempo pasa y uno empieza a ver que los médicos son más jóvenes que uno y eso es medio un cachetazo. El paso del tiempo hace que uno también empieze a apreciar de manera alarmante las carnes duras y lisitas de las veinteañeras, y si es una doctora mejor todavía.

Si bien no tuve ambiciones cuando era borrego creo que fue porque era bastante despierto y no necesitaba tenerlas; cualquier cosa que deseara podría conseguirla con un poco de esfuerzo y dedicación. Aprendí a leer, escribir, sumar, restar, multiplicar y dividir cuando tenía cuatro años. Mi memoría también era bastante impresionante; mi mamá me mandaba al almacén y yo recordaba una lista de por lo menos diez cosas: un sachet de leche, dos paquetes de Jockey cortos, un paquete de harina, azafrán, aceitunas, queso fresco, dulce de batata, un cuarto de Variedades de Terrabusi, etc. La tenía muy clara cuando era pendejo. Claro, tanto potencial desnutrido se fue al carajo.

Hoy estoy pisando los cuarenta y tanta inteligencia y encantos de borrego curioso se perdieron en la historia.